A
cceder al Distrito de Marca de España fue, en cierto modo, una experiencia muy similar a la de cualquier otro grado colateral en masonería. De alguna manera, me recordó aquel instante de nervios en el que uno sabe que va a ser dejado a solas, rodeado de personas desconocidas, en un lugar oscuro, para meditar y reflexionar sobre lo que le depararán las próximas horas, o incluso los próximos minutos.
Sin embargo, en esta ocasión el comienzo fue muy distinto. La acogida por parte de quienes me esperaban fue fraternalmente maravillosa. Y utilizo esa palabra con pleno sentido, porque muchos de los presentes eran hermanos ya conocidos, aunque también había rostros nuevos para mí, hermanos a los que no había tratado antes, pero que sin duda iban a formar parte de esta nueva y apasionante etapa.
Una ceremonia memorable
Antes del inicio formal de la ceremonia compartimos un momento agradable y distendido, acompañado incluso de una sesión de fotografías. Recuerdo perfectamente que fue la primera vez que me hablaron de la palabra “distendido”, un término que llamó poderosamente mi atención y que, lejos de parecer anecdótico, contribuyó a tranquilizarme todavía más. No es un estilo de masonería al que esté acostumbrado, pero desde el primer momento percibí un grado de empatía soberbio que me hizo intuir que disfrutaría intensamente de la experiencia.
Cuando llegó el momento de la exaltación, mi atención se centró de inmediato en la disposición del templo. Me sorprendió ver a hermanos ocupando espacios que, desde mi perspectiva, siempre había considerado prácticamente intocables. El simbolismo del grado, profundamente vinculado a la construcción, se hizo especialmente tangible al sentir el peso real de piedras pulidas, de formas y características muy diversas.
No obstante, si algo me impresionó por encima de todo fue la capacidad de improvisación de mis queridos hermanos durante toda la ceremonia. Supieron convertir el ritual en algo cercano, auténtico y profundamente humano. Y, sobre todo, incorporaron un elemento que no es frecuente encontrar en masonería: una sutil pero constante clave de simpatía y humor. Esa nota de cordialidad permitía incluso sonreír durante la ceremonia.
No es un estilo de masonería al que esté acostumbrado, pero desde el primer momento percibí un grado de empatía soberbio.
Al principio, esas sonrisas me resultaban extrañas. Pensaba que quizá no debía, o incluso no podía, sonreír en un contexto como aquel. Pero pronto comprendí que nada estaba más lejos de la realidad. Las sonrisas, las interacciones espontáneas y los pequeños gestos de complicidad reforzaban precisamente esa dimensión fraternal del grado de Marca de la que tantas veces había oído hablar.
Un nuevo aprendizaje
Tras aprender un nuevo número, una nueva marcha, un nuevo toque, un nuevo orden, y después de escuchar palabras de enorme belleza, así como mitos, leyendas e historias ocultas en las páginas del Libro Sagrado, tomé plena conciencia de la inmensidad histórica y simbólica que encierra la masonería. Una historia que debe descubrirse poco a poco, integrarse en nuestro ADN iniciático y asimilarse hasta formar parte de nosotros mismos, para poder trabajar de manera íntegra esa piedra cúbica de la que, en ocasiones, olvidamos que todos sus lados deben ser justos y perfectos.
Como en otros momentos de mi trayectoria masónica, también hubo instantes sorprendentes relacionados con armas de filo o contundentes. Pero el impacto emocional más profundo, comparable al que experimenté al mirarme al espejo durante mi iniciación, llegó en el momento culminante en que comprendí una verdad que hoy considero absoluta: aquello que para unas personas puede carecer de valor alguno, para otras puede constituir la clave misma de su existencia y la razón para seguir adelante.
Esa enseñanza, sencilla en apariencia pero inmensa en significado, resume para mí buena parte del mensaje del grado de Marca.
Espero y deseo poder regresar muy pronto al Distrito de Marca Akra Leuka, en los Valles de Elda, Alicante, para volver a abrazar a mis hermanos y, sobre todo, para volver a sonreír con ellos. Porque si algo me enseñó esta exaltación es que la fraternidad no solo se vive en el rigor del simbolismo y la solemnidad del rito, sino también en la cercanía, en la complicidad y en la alegría compartida de quienes construyen juntos su propio camino.
